Ventana.

Cuando ella ve a la ventana y siente las lágrimas rodar por su mejilla no sabe por qué es. El escalofrío se perdió en algún punto de su piel y se asentó en su estómago como mariposas en una incesante danza que no puede controlar. El aire corre, hace bailar a los árboles y susurra promesas a aquellos que tienen el tiempo suficiente para escuchar. Y ella sigue llorando. Y realmente no sabe por qué, pero la humedad corriendo ese maquillaje en sus mejillas que se aplicó hace más de seis horas es una prueba de que está viva. De que siente, de que expresa, de que no comprende qué es lo que le pasa.

Tal vez fue la imagen de ese niño llorando. El de cabello rojo, el que alza las manos de la cuna queriendo alcanzar el mundo en un puño que no logra cerrar. Extraña a su madre, es obvio, y aunque ella está en la sala siguiente, la siente tan lejos que el panorama de una infinita soledad le asusta y expulsa los bramidos de su garganta.

¿Será que todos tenemos miedo de estar solos? ¿Será por eso que la chica en el pijama gris (que no es a rayas) llora mientras ve a la ventana? ¿Por la empatía a un desconocido o la tristeza de un porvenir incierto?

Es extraño que llore. Le encantaría culpar a las hormonas o a esa música que escucha como un eco en sus audífonos (esos que cuelgan de su cuello como un collar melómano de dimensiones desconocidas), pero esa noche simplemente no le da la gana. No es la primera vez que le pasa. No es la primera vez que se queda mirando a la ventana (al todo y a la nada). No es la primera vez que suspira en infinita calma y se sabe feliz; pero sabe que algo le falta.

Entonces llega a la teoría de que cada una de las lágrimas que se pierden en su blusa y el borde de su mandíbula es sólo la cuota de tristeza que no va a sentir. Al menos no pronto. Tal vez todas las personas deben tener un día de tristeza, tal vez los motivos sólo son fortuitas coincidencias que se cruzan en nuestro camino. Tal vez el llorar expulsa esos pequeños demonios en el alma que adoptan alas y vuelan fuera de nuestro alcance cuando cruzan la línea de lo posible y lo desconocido. Tal vez sólo llora porque no encuentra algo mejor qué hacer.

O tal vez y sólo tal vez, su felicidad también se puede expresar en melancolía y las lágrimas riegan las flores creciendo a sus pies.

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