Capítulo VI: Beatle Verde.

Sentí que la escuela se derrumbaba cuando vi a dos chicos musculosos y altos parados frente a la salida.

—Hola —dijo el pelirrojo. Emma se rió bajito ante la sonrisa coqueta de Ramiro.

—Hola, chicos —contestó. Kellan me sonreía y yo seguía sin saber por qué.

—Ramiro y yo queríamos ver si querían ir a tomar un helado con nosotros al muelle —dijo con las manos en los bolsillos traseros del pantalón y una ceja alzada.

—Gracias, pero no —contesté de inmediato. Emma me miró con ojos atónitos,

—¿Por qué? —preguntó Kellan.

—Mamá y yo iremos a hacer unas compras para un compromiso que tenemos que atender —estaba sacando el último as bajo la manga.

—Oh, bueno —frunció un poco el ceño—, ¿y qué hay del domingo?

—Me pasaré todo el día con mi familia —sonreí—. Pero aun así, gracias.

—Sí, claro —refunfuñó—, ya será en otra ocasión.

No contesté. No quería que se lo tomara muy enserio.

—Bueno, ¿entonces a qué hora paso por ti, Emma? —preguntó Ramiro.

—¿Y si mejor nos vemos allá? —contestó ella.

—Me voy a adelantar, amigo —anunció Kellan y palmeó a Ramiro en la espalda—. Nos vemos, Sam —dijo con voz pausada. Giró hacia la salida del edificio y se fue con un paso rápido. Parecía molesto, pero al menos me lo había quitado de encima.

Emma parecía que iba a explotar de la emoción cuando Ramiro desapareció de nuestra vista, incluso comenzó a gritar y brincar dando vueltas. Me quedé observándola sin decir nada hasta que termino su “festejo”. Me miró con una gran sonrisa en el rosto y los ojos abiertos por la excitación, respirando agitadamente. La tomé de los hombros:

—Respira: uno, dos… muy bien —le dije. Empezó a inhalar y exhalar calmada, pero después de dos intentos volvió a gritar y me abrazó por la cintura, reanudando sus gritos y forzándome a brincar con ella. Después de unos segundos, comencé a reírme y a disfrutar de su repentina emoción.

Cerca de dos minutos después, ambas nos dirigíamos a la calle. Había olvidado por completo lo que se me venía encima, pero lo recordé cuando vi a un chico alto con unos ojos hermosos que nos regresaban la mirada y nos esperaban en el patio principal. Mientras avanzábamos, gruesas gotas de sudor se formaban en mi frente.

—Hola, chicas —nos dijo cuando nos acercamos. Emma aun parecía estar a punto de (re)estallar de emoción.

—Hola —contesté. Ahora era mi turno de comportarme como idiota. Él solo sonrió.

—Emma, ¿te molesta que sea yo el que lleve a Sam a su casa? —tal vez por alguna mágica razón Emma dijera “sí, me molesta, aléjate de mi amiga antes de que su corazón colapse, por favor”.

—Uh… —Ajá, Emma seguía en la luna—, sí, claro, sin problema.

—Gracias —repuso Luke. Veía a Emma sin poder averiguar cuál era su problema. Sería bueno que lo averiguara para que después me lo explicara a mi con lujo de detalles—. ¿Nos vamos, Sam?

¿Qué demonios le pasaba a éste tipo que cada que me veía, sonreía? Probablemente lo hacía para ver mi expresión de imbécil apreciando su sonrisa. Así estuviera durmiendo, me quedaría como idiota viendo cómo inhalaba y exhalaba.

—Claro, dije, tratando de articular correctamente la palabra. Me volví hacia Emma, dándole la espalda a Luke para despedirme de mi amiga—. Adiós.

Regresé a lado de Luke y giramos al estacionamiento, caminando hacia su coche. Sentía el estómago en la garganta al pensar que estaríamos juntos en su hermoso beetle. Me pregunté si escuchaba música de The Beatles en él. Se me escapó una risa.

—¿Qué es lo gracioso? —me sonreía igual que siempre.

Hola, soy Samantha Taylor y debería dejar de hacer bromas estúpidas en mi cabeza cuando estoy nerviosa porque termino por reírme, la gente lo nota y después tengo que explicarles mi estúpido sentido del humor.

—De hecho no es gracioso. Es un chiste malo.

—Eso es lo que dice la gente cuando no quiere aceptar que se están burlando de otra persona. Espero no te estés burlando de mi.

—En lo absoluto —contesté.

—Entonces cuéntame tu chiste —y volvió a sonreír.

—Uh, no.

—¿Por favor? —se escuchaba tan dulce y encantador que sólo quería abrazarlo. Entonces recordaba que no era un osito de peluche y mis ganas se calmaban.

—Es que… —¿acaso nunca me podría negar a algo que me pidiera?—, me preguntaba si mientras conducías tu beetle, escuchabas a The Beatles.

—Es una pregunta interesante —rió suavemente.

—Es una pregunta estúpida.

—Claro que no —contestó al instante. Aun parecía estar conteniendo la risa.

—Lo que digas.

Cuando llegamos al beetle, quitó la alarma con el control de llavero, abrió la puerta del copiloto y esperó a que entrara para cerrar la puerta. Por todos los cielos, olía delicioso. Parecía cítricos, o algo por el estilo. Mientras yo examinaba el hermoso coche con la mirada, escuché cómo se abría la puerta del chofer y Luke entraba.

—¿Está todo bien? —me miró.

—Perfecto, gracias.

Él sonrió y se giró para encender el vehículo. Una vez que estábamos en marcha, sacó de un compartimiento unos lentes negros y los subió por el puente de su nariz. Se percató de que yo lo observaba tras mis propios lentes oscuros y me sonrió. Le devolví el gesto y antes de que el silencio incómodo se instalara entre ambos, el estéreo se encendió y una melodía familiar comenzó a sonar.

—¿Ésto responde a tu pregunta?

Yo sólo bajé la mirada y comencé a reír mientras combatía el impulso de tararear Michelle.

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