Metas.

Plantear metas es lo más sencillo del mundo. El cumplirlas es punto y aparte. Siempre he sido una persona que, gracias a Dios, todo lo que se propone, lo consigue. El problema es que, cada meta es una historia aparte. Es volver a empezar, con las mismas inseguridades pero diferentes nombres, con diferentes sesiones de llanto que siempre terminan con mamá preparándome algo de comer y los mismos regaños que yo misma me aplico. Lo cual es realmente extraño, porque ya debería tener algún tipo de práctica en ésto. Después de todo, no es la primera vez que intento algo que parece imposible.

Cuando tenía 12 años, aprendí lo que era la oratoria. Me dije a mi misma que tenía potencial para hacerlo, hubo sólo una persona que creyó lo suficiente en mi como para llevarme de la mano a mi primer concurso, y después de cuatro años, logré traerme el subcampeonato estatal. Pude seguir, sí, pero no quise; y meh, esa es una historia aparte. Y es que una vez que estás de éste lado (ya sabes, el de los ganadores, los que no tienen nada que temer, los que saben que cuando te paras frente a un público podrías lograr que todos se levantaran en armas si te lo propones), olvidas todo el proceso que antecedió al triunfo. Todas las horas de ensayo, el oído derecho reventado, los desgarros de garganta por alcanzar tonos estables, el memorizar una y otra vez las palabras que habías escrito meses antes, los ademanes que te confundían un poco con el hilar de las frases, las lágrimas derramadas por las derrotas y la frustración, el no poder comer antes de los concursos por miedo a vomitar, y el tortuoso esperar una vez que llegaba el anuncio de los lugares.

¿Por qué, entonces, es tan difícil ahora el conseguir mi siguiente meta? No pido demasiado: quiero destacar en un deporte. Bueno, no en cualquier deporte, en mi deporte: el volleyball. ¿Qué me falta? Rapidez, agilidad, precisión. Es todo, porque honestamente, ganas y técnica no me faltan. Tal vez es culpa de mi complexión (siempre es un poco difícil cuando no pesas 50 kilos y no tienes la habilidad de volar tras los balones), pero para eso existen los gimnasios, ¿qué no?

Sé que voy a lograrlo. Sé que en unos meses (¿o tal vez años?) veré atrás y me reiré por todo el llanto que he derramado el día de hoy. Me burlaré de todos aquellos que me adoptaron de hueco y clavaré uno que otro balón sin que puedan detenerlo, así como les cuesta de trabajo mi saque.

Así como también sé que lograré entrar a la Universidad de mi elección. No confío en mis habilidades, pero si otras personas lo hacen, ¿por qué no habría de hacerlo yo? He llegado a ese punto de mi vida en que es una delgada linea lo que me separa de mi sueño y el banquillo de los derrotados. Y ni siquiera tienen que hacerme la pregunta, sé cual es la respuesta: voy a perseguir mi sueño hasta alcanzarlo. Puedo ser una estudiante ejemplar y una excelente atleta si me lo propongo. Las cartas están sobre la mesa, lo único que tengo que hacer es moverlas hasta que adopten la posición que me conviene.

Todo lo he podido en Cristo que me fortalece.

(Y ahora no tiene por qué ser diferente).

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