Feliz cumpleaños, parabatai.

«So, I guess we are who we are for a lot of reasons. And maybe we’ll never know most of them. But even if we don’t have the power to choose where we come from, we can still choose where we go from there. We can still do things. And we can try to feel okay about them.»

(Stephen Chbosky).

La mayor parte de la gente dice que somos lo que somos gracias a la familia que está detrás de nosotros, apoyándonos en cada parte del camino hasta llegar a nuestra meta. Otras personas afirman que los amigo son la familia que nosotros escogemos. Yo no soy quién para desafiar las creencias populares y he decidido adoptarlas en ésta particular ocasión, porque si me dieran a elegir una familia, sin duda te elegiría a ti. Y parte de lo que soy, es gracias a ti.

Ésta es la parte de la historia en que debería contar cómo fue que nos conocimos. Cómo el cielo se abrió y una luz extraterrestre te iluminó mientras los ángeles del cielo cantaban y yo me daba cuenta que tú serías la hermana que jamás tendría. Que contigo podría compartir todos mis secretos y que íbamos a llegar a un punto en que no necesitamos hablar todos los días para sentirnos unidas. Pero honestamente, no fue así. Para mi tú fuiste la chica tranquila y agradable a la cual le pedí la hora y para ti fui esa niña molesta con voz autoritaria y un poco latosa que terminó por preguntar un «¿quieres ser mi amiga?» con rostro un tanto psicópata.

Las cosas nunca han sido perfectas y probablemente jamás lo sean, porque si he de ser sincera, la perfección me abruma (y aburre) un poco.

Y es que eres el Alec a mi Jace. La que me frena cuando quiero hacer cosas impulsivas y toma el lugar de mi sentido común cuando las cosas se ponen enérgicas de mi lado. Eres el J.D. a mi Turk. La que se ríe de mis bromas y sueña despierta conmigo (ajá, no niegues que me amas, todos lo sabemos). La Rachel a mi Monica. La que me deja verla llorar y cuidar de ella como si fuera mi hermana menor; esa exquisita contradicción dónde para poder cuidar de ti, tú debes cuidar de mi y todo es tan confuso que preferimos no explicarlo. Eres el Marshall a mi Ted. El que me sostiene cuando caigo y siempre me impulsa a seguir adelante. Eres la Mafalda a mi Susanita. Tú, la de cabello esponjado e ideas que pocas personas comprenden; yo, la de las eternas emociones por vidas ajenas. Eres la persona que jamás haría algo por herirme y a la que confiaría mi vida sin dudarlo.

Eres todo lo que necesito para saber que, sin importar las circunstancias o el abismo en que me encuentre, todo volverá a estar bien.

Se supone que mañana es el parteaguas de tu vida. Ese punto y aparte que separa tu adolescencia de tu juventud y te hace un ciudadano mexicano con voz y voto (ajá, sé que ésto no te importa porque por favor, ¿política? ¿qué es eso y con qué se come? ay, Elaisa, cállate, no empieces), pero dudo que sea un cambio tan drástico para ti. Porque todo va a seguir igual. Seguirás yendo a la escuela, al hospital (a acosar ventanas oscuras en las que tu juras se esconde el amor de tu vida), a casa para llamarme y escuchar mis eternos monólogos por teléfono y a perder el día cómo sabemos hacer por excelencia. Y nada cambiará (al menos para mal) porque yo estaré aquí.

Para regañarte cuando sabes que haz hecho algo malo y ya hasta sabes lo que te espera cuando me lo cuentas. Para aconsejarte con las mejores palabras de apoyo que puedo encontrar en mi repertorio sólo para darme cuenta dos días después de que decidiste ignorarme y hacer lo contrario (y regresamos a lo de regañarte). Para ser el hombro en que te escondas cuando llores y tu cara se hinche de emoción (fea) y el abrazo que te hace sentir mejor. Para hacerte reír cuando el mundo sea demasiado pesado para tus frágiles hombros defectuosos (como toda tu persona) y creas que todo es un callejón sin salida lleno de estrés. Para ser lo que tu necesites. Para simplemente estar ahí.

Felices 18, Ivonne. Felicidades, llegaste a esa edad en que no hay vuelta atrás y la madurez es el plato de sopa que digerirás todos los días. (¡Iug, sopa, Mafalda!)

No diré que te amo porque esas dos palabras las dicen cualquiera. No diré que te quiero porque es el tipo de cosas que le dices a una compañera de escuela cuando te pasa la tarea que no quieres hacer a medianoche. No diré que te extraño porque estás presente hasta en mi respiración. Eres parte de mi, y yo soy parte de ti. No eres mi todo, simplemente eres (en los latidos de mi corazón, en las bromas formándose en mi mente y en cada momento que nos falta por compartir).

Gracias por éstos 18 años de defectos, virtudes, sueños, añoranzas, sentimientos, fracturas ridículas, risas y llantos. Gracias por estar y no estar. Gracias de antemano por los años que faltan (y que compartiremos).

Felicidades, parabatai. Soy en ti y sé que tú eres en mi.

(Te amo más de lo que esas dos palabras podrían abarcar con un significado tan mundano como banal.)

No sé adónde iré en unos meses, en qué escuela estudiaré o incluso la carrera que elegiré. No sé si llegaré a casarme o moriré joven, pero lo único seguro en mi futuro eres tú.

Feliz cumpleaños.

—Elaisa.

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