México es de oro.

En sábados normales, el país entero se levantaría después del medio día con las zozobras de la noche anterior. Las mujeres irían al mercado, los niños se despertarían pidiendo el desayuno y los padres partirían a trabajar y a seguir con la rutina de siempre. Pero hoy no fue así.

Nos había llegado la hora. Todos los días de esfuerzo, el llamar al trabajo con un «no, perdón, dudo que hoy me vaya a presentar a trabajar, me siento bastante mal», justificando su ausencia para poder quedarse en casa a ver un partido de la selección. Había llegado la hora de soñar con la plata y alcanzar el oro. La hora de ponernos la verde con el escudo sobre el corazón y la mente en el cielo, porque lo íbamos a intentar.

Había sido despertar a las nueve de la mañana y desperezarse porque once guerreros aztecas ya desfilaban por el túnel y directamente al campo. Era fruncir el ceño y envidiar a las personas que podían estar ahí, maldiciendo bajo el aliento a los brasileños que bailaban zamba al ritmo de «¡vamos a ganar!» en ese portugués que nadie entendía. Pero para callar la boca nosotros éramos los mejores y mientras algunos apenas se sentaban frente al televisor para disfrutar el partido, Oribe nos hizo levantarnos y cantar el gol que nadie podía creer.

Nuestro corazón revoloteó por unos minutos en que nos mirábamos los unos a los otros y nos aventábamos en brazos ajenos para compartir el triunfo que ya sentíamos nuestro. Y luego vinieron los otros 89 minutos de tensión, porque vaya, el partido acababa de comenzar. Había sido cosa de gritar «¡dale, no, por ahí no!» como si fuéramos mejores que Tena haciendo un trabajo en el que todos parecían comentar. Reír con algunos de nuestros comentaristas y rodar los ojos ante otros, porque vamos, ¿cómo se iba a casar con el Cepillo cuando el hombre estaba en pleno juego?

Había sido gritar con el vecindario entero porque «¡uy, ya merito!» y metíamos gol. Alzar el brazo y doblarlo hacia atrás en la internacional mentada de madre porque el árbitro marcaba faltas que para nosotros eran inexistentes. Era sonreír ante la frustración de los brasileños y reclamar cosas como «¿no que los favoritos? ¡órale, hijo!» cuando faltaba poco para terminar.

Fue interrumpirnos a grito de gol, porque el siempre oportuno fuera de lugar apareció. Había sido bendecir a Mier en todos los idiomas por sacar balones y otro tanto a Corona por detenerlos. Entonces tendríamos a Marco Fabián a punto de hacer historia y Oribe marcando otro tanto más.

El que nos llevó a la gloria. Hincarse al suelo y llorar con el rostro entre las manos, porque vaya, era el 2 a 0 y Brasil se veía más derrotado que nunca. Era empezar a cantar el cielito lindo como si tuviéramos la medalla de oro en el cuello y todo lo demás fuera completamente irrelevante. Era reír con el gol de Brasil en los últimos segundos del partido, porque por favor, ya habíamos estado en la otra cara de la moneda, pero de éste lado era mucho mejor. Fue ver entre lágrimas a Corona y el despeje final mientras el pitido del árbitro retumbaba en nuestros oídos como sonoro rugir del cañón.

Y éramos campeones.

Por un momento no lo pudimos creer, porque vamos, era México y poco faltaba para que escribieran «ya merito» en la mismísima bandera; pero no, no era una broma. Era nuestra sueño hecho realidad. Y es que en ese momento en que los chicos corrieron al centro del campo a abrazarse y «en la cierra morena cielito lindo viene bajando» sonaba entre las butacas abandonadas por brasileños enardecidos, nosotros estábamos felices. Tocando el triunfo con las puntas de los dedos.

Porque mientras sonaba el himno nacional, nos olvidamos de los problemas en el país. La corrupción, los malos manejos del recurso nacional, la elección de un presidente que nadie quería y los movimientos ciudadanos que hacían poco por amainar la situación. Porque mientras esos dieciocho guerreros aztecas alzaban su medalla de oro al cielo, nosotros alzábamos un «gracias, Diosito» porque nadie podía quitarnos éste título. Porque en éste momento éramos uno solo.

Porque ellos nos hicieron soñar y olvidarnos de nuestros problemas. Porque no importaba si en éstos momentos te encontrabas de vacaciones en el extranjero o en el Ángel de la Independencia, la sangre mexicana corría por tus venas y el triunfo también era tuyo.

Porque esas once personas nos demostraron que sí podemos confiar en el país y en que no todo esta perdido.

Porque México son los once que jugaron. México son los atletas de plata y bronce. México es victoria; verde, blanco y rojo ondeando orgulloso sobre el resto de las banderas y el himno nacional retumbando en nuestros corazones. México son los hombres que se reunieron en torno a una televisión infiltrada en un área de trabajo. México son las señoras que ruedan los ojos con su «ay, fútbol de nuevo» pero se acercan a ver la acción cada que gritan gol. México son los niños que dicen jugar en la selección cuando echan las cascaras. México son los sueños que nos motivan a despertarnos cada mañana y hacer de éste un mejor país. México eres tú, y soy yo.

México es esperanza y triunfo. Soberano como los valientes, humilde como los grandes.

México es dorado.

Image

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s