Metropolitan.

La gente me empuja sin querer con el movimiento continuo del tren subterráneo. Cada uno tiene un destino diferente, una vida separada y de alguna manera entrelazada con todos los que estamos aquí. Tal vez aquella señora de la esquina del vagón que llora y frunce el ceño hacia su húmedo pañuelo esta molesta con la vida porque el primo del mejor amigo de la hermana de ese chico con pinta de rapero le ha roto el corazón. Tal vez los niños que se golpean con suavidad y camaradería cuando su madre esta demasiado ocupada pretendiendo que no existen terminen por ser los profesores de los hijos de esa pareja de jóvenes besándose en los asientos cercanos a la puerta. Tal vez el mundo realmente es un pañuelo. Lo único que puedo esperar es que no esté lleno de lágrimas y sí de alegrías.

Estoy por ir a verte. ¿Estás emocionado? Espero que sí; al menos yo lo estoy. Hace meses que no te veo. ¿Cuándo fue la última vez? ¿Aquella en que nos tomamos una copa en aquél elegante yate al que ni siquiera había sido invitada? Tenías razón con respecto a los vestidos caros y los tacones que simulan ser de diseñador: te abren todas las puertas. Aunque honestamente sólo me interesa que me abran aquellas puertas que me puedan llevar a ti. ¿Me estarás esperando con los brazos abiertos y una de esas encantadoras sonrisas que me hacen querer vomitar mariposas en palabras de amor o pretenderás que somos amigos de alguna época pasada? Me gustaría decir que me importa el contexto de nuestro encuentro, pero honestamente sólo me interesa el derivado. El estar entre tus brazos y todo ese tipo de cosas que no diré porque temo sonar como las chicas de las películas románticas que tanto detestas ver.

Para cuando el tren se detiene y escucho la agradable voz femenina anunciar «Chátelet Les Halles» empiezo a murmurar un «Con permiso. Señor, ¿me daría permiso de pasar, por favor? Gracias. Sí, por favor, permiso», hasta que la misma gente me arroja fuera del tranvía y camino con tranquilidad por la estación arreglando ese vestido de polka negro y blanco que aun no has visto. Honestamente espero que te guste, después de todo lo compré para ti. Sé que poco importará cuando este en el piso de la habitación de un hotel barato, pero aun así, me causa un poco de ilusión ver tu rostro ante la sorpresa. ¿Iremos a ese cruzando Pont Neuf? Porque de haber sabido que caminaríamos habría traído flats. Y no, no es queja, sólo un heads up para la próxima vez.

De milagro cuando subo las escaleras que me sacarán del sistema de subterráneos no hay gente que me empuje contra los barandales de fierro. La tela del vestido parece fundirse bajo las yemas de mis dedos cuando lo aliso antes de salir. Entonces me doy cuenta que realmente no importa cómo se vea mi ropa o que haya intentado que mi cabello cayera de manera natural sobre mis hombros; porque sí, tu estás ahí, pero también lo esta ella.

Ella, la del cabello rubio y los ojos verdes que brillan magníficos cuando besas sus manos y le dices que esa noche cenarán fuera. Ella, con su perfecta altura que parece encajar precisamente bajo tu barbilla y el acento francés que seduce hasta el más reacio amante. Ella, con la argolla envolviendo su dedo anular y la firma en esa acta de matrimonio que lleva tu nombre al inicio de la hoja. Así que me mojo los labios resecos por las palabras que se escurrieron sin querer y vuelvo a alisarme el vestido.

Ya será otro día. Ese día le perteneces a ella. No, ¿a quién engaño? Todos los días le perteneces a ella y yo sólo puedo aprovechar esas horas robadas de un matrimonio infeliz y forzado por el tiempo y la costumbre. Sonrío; ya será otro día, amor mío.

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