Nosotros. Parte 3.

No sé cómo llegaré al final de ésta entrada sin odiarme a mi misma e intentar regresar el tiempo para no hacer lo que hice. No estoy del todo arrepentida, si te soy honesta, creo que la separación nos sirvió a ambos para madurar y encontrar un sentido a la vida que no fuera el nombre del otro. Aunque me gustaban los tiempos en que tu mundo empezaba por mi nombre y terminaba por mi apellido, en eso no te voy a mentir.

Pero ya sabes cómo fueron las cosas, terminamos por celos sin fundamentos y peleas interminables. Los ‘te amo’ cambiaron a un ‘ay, ya’, y la distancia que se estableció entre nosotros hizo que soltaras tu mano de la mía. Yo fui la que abrí la boca, yo fui la que te pidió terminar, pero también fui yo la que te pidió regresar, y fuiste tu el que me terminaste de manera definitiva diez minutos después. Honestamente, nunca había sentido que te perdía, hasta ese momento. Porque todas las otras veces, una parte de mi estaba consciente que regresaríamos. Que solo eran unas vacaciones y que al siguiente año te volvería a ver, a llenar nuestros abrazos de doble sentido y a tomar tu mano por debajo de la mesa, donde nadie podía vernos. Pero ésta era la de verdad, porque era Mayo y en Julio terminábamos la secundaria.

No volveríamos a compartir salón, a burlarnos de los maestros o a escribir corazones en las esquinas de nuestra libreta. Te perdía por la preparatoria, preparada para no volverte a ver en un buen tiempo. Y de alguna manera nuestra separación duró menos de un mes. Empezaste a venir a mi casa (¿recuerdas?). Hiciste que mi madre te adorara como si fueras su tercer hijo varón, por los detalles que tenías con su princesa. No había un día en que no bajaras del coche de tu madre con una enorme sonrisa empequeñeciendo tus ojos castaños y me envolvieras en tus brazos. Me gustaba acomodar la mejilla en tu hombro y enterrar la nariz en tu cuello. Olía a ti.

Pero yo siempre tenía confianza de más. Joder, que si no tenía confianza en que tu amor perduraría. Empecé a jugar con fuego. Me dije a mi misma que no regresaría contigo ni aunque lo pidieras. Rodaba los ojos ante las galletas y los chocolates. Rodaba los ojos ante las llamadas y los mensajes de texto. Olvidaba el hecho de que tu amor no era algo que pudiera guardar en el bolsillo y mostrar a otras personas para sentirme importante. Así que ese día te invité a la premier de media noche de una película que no te gustaba, pero a la que asististe solo por mi. Lo que no sabías es que ese no eras al único al que había invitado. Fue mi primera cita (a ciegas) con un chico que después se convertiría en la manzana de la discordia en la relación que tenía con mis padres. Pero hey, no voy a hablar de él en ésta entrada que es dedicada  a ti, ¿o sí? Es lo más grosero que podría hacer. Lamento que cuando llegaste a la plaza me hayas visto besándome con él. Lamento haberte ignorado por hablar con él mientras tu escondías tus lágrimas tras una columna con mis amigas alrededor.

Lo lamento, enserio. Aun te quiero. ¿Lo sabes, no?

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