Él y ella.

Et deux par deux, on avale nos mots.
C’est dure d’oublier ce que l’on connais et ce qui imprègne nos peaux.

{Y de dos en dos, nos tragamos nuestras palabras.
Es difícil olvidar lo que sabemos y lo que impregna nuestra piel.}

(Corbeau, Coeur de Pirate).

 Llegué quince minutos antes de la hora acordada. Era difícil estar ahí, el lugar en que tu y yo jamás nos habíamos citado, pero que era el escondite perfecto para cuando salía con ese otro alguien. El calor afuera era exorbitante, me fue necesario entrar al tocador y limpiar mi rostro con una toalla de papel, enfrentarme a mi reflejo y preguntarme de frente qué estaba haciendo y el por qué. Hasta el momento no consigo una respuesta. Tal vez tu tengas una. Tal vez no la quieras compartir. No te culpo. No te puedo culpar de nada en lo absoluto.

Salí a esperar tras una jardinera con las piernas cruzadas bajo mi peso y el celular entre mis dedos, expresando todos mis sentimientos a mi mejor amiga (tu sabes a quién, en algún momento lo fue también). Apenas y sí tenía cobertura en el lugar. Entonces llegaron otras personas que portaban tu uniforme, pero tú no estabas entre ellos. Mi corazón se hundía un poco más mientras pasaban los minutos y la hora acordada quedaba atrás. ¿No ibas a aparecer? Sabía que merecía algo así, pero una parte de mi sabía que tú jamás impartirías justicia de esa manera. Entonces apareciste con tu mochila cruzada, tu cabello como siempre me había gustado que lo llevaras y una mirada desconcertada al no encontrarme en el comedor. Yo me levanté, acercándome a ti por detrás, intentando sorprenderte, sin lograrlo; tú giraste y yo no pude hacer más que agitar la mano en un saludo que hasta éste minuto me parece de lo más estúpido.

«Hola», «¡hola!», «pensé que no llegabas», «oh, perdón, vine caminando; estoy sudado, hace un calor terrible afuera», «no, no está bien», «anda, ¿vamos al comedor?», «claro», «¿quieres un helado?», «sí, vale», «yo invito». 

Por primera vez, el estar solos no me hacía sentir un peso sobre los hombros. Por primera vez era más ligero que respirar. Me era natural volver a ver tu sonrisa; ver cómo rodabas los ojos y el muro que nos separaba (ese que habías construido desde el beso de antaño) se elevaba potente, indestructible. No te lo voy a negar, fue difícil mantener mis dedos entrelazados sobre la mesa, tragando en seco al sentir tus pies rozar los míos (tal vez por accidente, tal vez por costumbre). No pude esconder la sonrisa durante las dos horas que estuvimos juntos (nunca he podido, si es que lo recuerdas), y después de un tiempo la necesidad pungió y me dejé llevar… muy a nuestra manera. Me acerqué para pegar una estampa sobre tu frente, enfrentando la mirada que calaba mis huesos y hacía que mi boca se secara. Había residuos del helado en la comisura de tus labios, quise limpiarlo con el pulgar. Hice bromas estúpidas, tú solo sonreíste. ¿Dónde estaba tu risa? Mi risa. Esa que solo liberabas cuando yo andaba cerca.

Los minutos se convirtieron en horas, ignoré las vibraciones de mi celular mientras mamá llamaba y te seguí actualizando con mi vida, evitando preguntar lo único que quería saber: ¿por qué terminaste con ella? La última chica con la que tuviste una relación. Esa que había pretendido ser mi amiga por un tiempo en la secundaria. Esa de la cual te preguntaron y contestaste: «me dolió, pero nunca nadie me ha dolido como…» y mencionaste mi nombre. Pero no lo hice. ¿Con qué derecho? Llegó la hora de irnos, nuestros brazos se rozaban en el camino fuera, pero no nos separábamos. Me miraste con fijeza cuando yo estaba por abordar mi transporte y propusiste que camináramos unas cuantas cuadras más para tomar un camión diferente. Yo acepté.

Seguimos hablando. Mencioné por accidente algo con respecto a las chicas que tienen su primer novio a los 13 y tú solo me miraste y al fin me regalaste mi sonrisa. Encontré una carta que le hiciste a tu mamá en tu mochila. Por un momento al ver un enorme corazón en el sobre, temí que fuera para alguien más, eso te lo aseguro. Extraño esos corazones que me hacían ruborizar cuando los veía plasmados en un pedazo de papel con mi nombre a lado. A veces te extraño. Solo a veces. Cuando esperábamos el transporte juntos me di cuenta que seguías siendo tú en algunos aspectos y que habías cambiado en otros. ¿Pero sabes cuál es mi problema? Que éstos cambios solo me atrajeron más. Te odio por eso (ya, sí claro, como si pudiera). Entonces bromeamos y seguimos bromeando.

Esperaste a que llegara el último camión que yo tomaría, me contaste de tu familia, reímos con las peripecias de tu hermano y te quejaste por no tener ojos verdes como los de tu padre. Yo te dije que a mi me gustaban tus ojos. Tú dijiste que te habría gustado tenerlos color miel como los míos. Yo solo me encogí de hombros. Entonces reíste. No fue la risa practicada que había escuchado en las últimas horas. Fue mi risa. Mi risa. La que solías escondías en mi hombro o besando mi mejilla. Con la que me girabas el rostro para que no viera el sonrojo en tus mejillas. Eras mi chico de nuevo. Solo que ya no me pertenecías.

Cuando me abrazaste en despedida, no me sostuviste como si no quisieras dejarme ir. No hundiste tu nariz en mi cuello para oler mi perfume. No sentí tu cabello cosquillear mi mejilla. Pero honestamente, fue el mejor abrazo que he recibido en meses. Porque lo único que extraño más que tus abrazos, es a ti.

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